26 de septiembre de 2012

Nicolás



Usualmente dudaba de su memoria pero tenía la certeza de que su primer martillo lo había recibido a los 10 años, fue un regalo de Don Bruno; su padre.
Cuando lo tomo por primera vez, sintió una felicidad superior a cuando anotaba algún gol en el recreo, mayor a comer arroz con leche de la abuela, se sentía poderoso y fuerte; se sentía un niño grande.
Nicolás pasaba todas las tardes viendo a su padre cortar madera, lo observaba detenidamente, tomaba notas y apuntes mentales, esperaba fotografiar cada detalle en su memoria, almacenar todas las técnicas en su repertorio de habilidades.

Su vida había cambiado rotundamente, se convirtió en miembro distinguido de un club privado, donde sólo él y su padre tenían acceso, compartían platicas divertidas o serias, pero siempre memorables. Encontraba fascinante la manera en que afrontaban todos los problemas de una manera tan sencilla; ejemplificaban con herramientas de carpintería y hacían analogías con tipos de madera; tantas moralejas que no olvidaría nunca.

Nicolás cada vez era más grande y su martillo cada vez más pequeño. No sólo la tareas que le dejaba su maestra de secundaria influyeron, luego fueron los amigos, después las fiestas y salidas al cine. De pronto Nicolás comenzó a salir con aquella chica de falda rosa y amplia sonrisa. El tiempo sólo es aliado de quien lo tiene en abundancia, por consecuencia las tardes de carpintería se habían extinguido.

Nicolás celebró ayer su cumpleaños 35.
Sus hijos le habían rogado que no fuera a trabajar, pero a esta edad y con tantas presiones; simplemente no se podía dar ese lujo. Les prometió que llegaría de día, que cenarían todos juntos, incluso aseguró que les permitiría que le llenaran de betún el rostro después de soplar sus velitas.

La oficina era un caos, su festejo quedó en el olvido y poco a poco su sonrisa se fue esfumando…

Inmóvil, así quedó Nicolás cuando al mirar por la ventana notó que los coches que pasaban por la avenida tenían las luces encendidas. Un miedo inmenso se apoderó de él, comenzó a sentir sed, a sudar con la piel fría, las piernas le temblaron un poco y débilmente se desplazó hasta su silla.
Con movimientos torpes encontró las llaves de su coche y sin decir una palabra salió del edificio; en silencio, sin encender la radio manejaba a toda velocidad.

Entro a casa y no encontró a nadie. En el patio se veía una luz tenue, diferente a la lámpara de siempre.
De pronto su hijo menor entró corriendo, lo vio y le dijo:
-¡Papá, llegas justo a tiempo! Corre, corre, ven a ver tu sorpresa!

Hoy, no fue a trabajar. No se reportó enfermo, ni siquiera se reportó. 

Hoy, Nicolás decidió quedarse a cortar madera en su mesa de carpintería nueva.

.Alejandra Palomino

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