Recuerdo
haber extendido mi brazo, estirarme un poco y oprimir el botoncito que callaría
el ruidoso bip-bip. Lo noté en el momento después de apagar el
despertador, cuando mi mano regresaba a protegerse bajo la cobija. Mis
manos sorpresivamente habían crecido, ahora eran el doble de su tamaño. Un
pánico atroz me revolvió el estomago y sentí mareos, busqué entre las sabanas
mi anillo, aquel de madera que Nicolas había tallado para mi (si, el carpintero
del que siempre hablo) pero fue en vano, el anillo había desaparecido durante
la noche. Quise pensar que la fuerza que provoco el estiramiento de mis manos,
hizo que mi anillo brincara y se perdiera de pronto, quise pensar eso porque la
idea de que se hubiese destruido me perturbaba demasiado. Colocar el botón de
mi pantalón en el ojal, nunca fue una tarea tan complicada; el brassier era
imposible de abrochar y peinarme fue imposible. Salí de casa con hambre porque
evite cocinar mi desayuno, comencé a caminar pero no pude entrar al Café de la
esquina, recordé que siempre saludaba de mano al mesero y la posterior
vergüenza me ahuyentó del lugar. Despeinada, sin sostén y con hambre, seguía
caminando. De pronto recordé mi trabajo, corrí desesperadamente y tomé el
colectivo, por fortuna encontré un asiento disponible y logré equilibrarme sin
tocar el tubo frente a mi durante el trayecto. Llegué al estudio justo a
tiempo, tenía una hora libre hasta que llegara la familia Magallanes a tomarse
su foto anual. ¿Foto anual? ¿Sesión familiar? ¡Demonios! Tomé mi cámara y ahora
era solo un llavero entre mis manos, era imposible ajustar la apertura, el
tiempo, la luz. La coloqué cuidadosamente en su ahora mini estuche y corrí a mi
computadora. “Minimizador de manos” torpemente logré teclear en el buscador de
internet. Tenía que encontrar una solución, alguna medicina que me ayudara a
recuperar el tamaño natural de mis manos. Sonó mi celular. Julia muy asustada
me preguntaba mi ubicación, se la dije y colgó molesta. Al parecer por la
mañana cuando salí de casa, no cerré bien la puerta y cuando regresó de la
frutería encontró abierto. No entendí su enojo y decidí olvidarlo. Además, tenía
problemas literalmente más grandes que eso. Coloqué el letrero de “Vuelvo
enseguida” y corrí de nuevo sin destino, mis manos no cabían en los bolsillos y
no sabía dónde colocarlas o qué hacer con ellas. Ante mis ojos apareció un
letrero con la dirección del “Mago Bastian”, si mis manos habían crecido de esa
manera, solo podrían ser resultado de un hechizo mágico. (No te asustes, soy de
esas personas que cuando no encuentra respuesta lógica a sus inquietudes,
siempre busca, imagina o piensa que la culpa la tiene la magia) Llegue al
edificio viejo que siempre esquivo cuando salgo a pasear a Rodolfo, entré y
subí de dos en dos los escalones hasta el tercer piso, un foco rojo me daba la
bienvenida. “Toque el Timbre” leí en un aviso iluminado con luz roja. Levante
mi brazo derecho, extendí mi mano, la vi, separe el dedo índice y decidida
oprimí el interruptor. Una nube negra cegó mi visión. De pronto escuche un bip
bip cada vez más fuerte y creciente. Abrí los ojos, mi habitación, mi
despertador, las mismas cobijas; de inmediato miré mis manos tamaño normal, mi
anillo intacto… Todo había sido un sueño, me senté al borde de la cama y
Rodolfo me veía asustado, estaba a punto de ladrarme, no entendí por qué, le
hablé pero no se acercó, me veía, me veía fijamente, me veía fijamente los
pies… ¡¿Los pies..?!
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