27 de junio de 2013

Horrores II

Encendí la cafetera con la intención de calentar mis manos y ponerme a escribir, justo cuando iba camino al escritorio me encontré con mi vaso de peltre y tomé la botella de whisky que posaba sobre las cajas de la mudanza. Intentaba salir al balcón para no viciar el aire con el humo de mi cigarro, pero decidí arrastrar mi destino  hasta el pie del ventanal. Ninguna brisa movió mis cabellos, el sol me pegaba de frente y aborté la misión. Ahora estoy en los escalones del edificio, viendo a la gente pasar, agotando mi licor a sorbos y tragos breves que perduren en mi garganta. Leo y releo en mi mente lo que te estaría escribiendo, la elocuencia de mis palabras no harán compás jamás con mi lentitud mecanógrafa. Pensando en eso y en los ojos distantes que solían verme mientras pintaba tu recamara. Añorábamos la ausencia para necesitarnos más. Ahora acá estoy y tu allá. No quiero escribirte por escribir, no quiero gastar en timbres que no viajan a ninguna parte, en carteros con el morral vacío o con solo catálogos publicitarios. Quiero que esta prosa signifiqué algo para mi, luego para ti. Deseo con el alma que vuele hasta tus ojos y la leas en voz baja, casi susurrando porque la persona de junto sigue durmiendo y sonrías justo en esta parte. Ahora tengo tu completa atención. Ahora quiero que sepas que te extraño horrores.

7 de mayo de 2013

Tus huellas, son mis pasos.

Cuando el agua dejó de lubricar los pastos y mi voz pasó desapercibida por el aire, fue ahí que comencé a extrañarte. Me sorprendí al verme frente al espejo y no reconocerme. El físico me quiere confundir, pero son estos ojos los que no se hallan en los otros. Esos gajos que conforman mis entrañas andan perdidos. Sin siquiera ganas de buscarlos y unirlos, me pierdo en tus cartas y gravito.

Hace meses que bailo en la delicada comedia que enmarca mi vida, unos vienen, otros beben y no paro de fumar, fumarte para respirar, respirarte y consumirnos sin encajar.

El rumbo sigue errado, le susurro al pájaro de enormes ojos que me visita por las noches. Aquél con el que bajo a mis sueños, mientras revolotea por mis cienes. Estando ahí, todo es seguro. Esa alfombra que me traslada y envuelve, a veces me arroja de precipicios y otras me hunde en fango; esa misma que me sacude las lágrimas después de un trago de algo.

Luego me preguntan: ¿Qué soñabas, amor? ¿Por que tan intranquila?. 
Los observo a ellos en mutis. (¿Quién demonios quiere saber mis sueños?)
Mi lado egoísta se agiganta y me guardo toda, entera.
Esa adrenalina, única y húmeda; seguirá siendo sólo mía.
Mía y tuya. Más tuya que mía.


A.P.