7 de mayo de 2013

Tus huellas, son mis pasos.

Cuando el agua dejó de lubricar los pastos y mi voz pasó desapercibida por el aire, fue ahí que comencé a extrañarte. Me sorprendí al verme frente al espejo y no reconocerme. El físico me quiere confundir, pero son estos ojos los que no se hallan en los otros. Esos gajos que conforman mis entrañas andan perdidos. Sin siquiera ganas de buscarlos y unirlos, me pierdo en tus cartas y gravito.

Hace meses que bailo en la delicada comedia que enmarca mi vida, unos vienen, otros beben y no paro de fumar, fumarte para respirar, respirarte y consumirnos sin encajar.

El rumbo sigue errado, le susurro al pájaro de enormes ojos que me visita por las noches. Aquél con el que bajo a mis sueños, mientras revolotea por mis cienes. Estando ahí, todo es seguro. Esa alfombra que me traslada y envuelve, a veces me arroja de precipicios y otras me hunde en fango; esa misma que me sacude las lágrimas después de un trago de algo.

Luego me preguntan: ¿Qué soñabas, amor? ¿Por que tan intranquila?. 
Los observo a ellos en mutis. (¿Quién demonios quiere saber mis sueños?)
Mi lado egoísta se agiganta y me guardo toda, entera.
Esa adrenalina, única y húmeda; seguirá siendo sólo mía.
Mía y tuya. Más tuya que mía.


A.P.

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